Llevamos pocos días y ya hay personas que empiezan a sentirse mal por estar confinadas. Quiero compartir una experiencia personal, porque nadie debe llegar a derrotarse, como el chico de la imagen.  

Hay personas que deciden vivir en un espacio recluido. Podría parecer, a ojos de los demás, que están “confinadas”. Aunque el término no es del todo correcto, entre otras cosas porque es una decisión voluntaria y libre.   

Te hablo de las monjas de clausura o de vida contemplativa. 

Y sí, aunque no te lo creas, conozco bien de qué hablo. Yo decidí esa vida hace muchos años. Y, curiosamente, en estos momentos, en los que veo a tanta gente con ansiedad por estar encerrado en casa, me he dado cuenta de cuántas habilidades y recursos aprendí y adquirí allí. 

Los he resumido en estos 10 aprendizajes:

1.- La libertad es una actitud, una decisión. 

Si a alguien admiro por ser un ejemplo de qué significa tener mentalidad de libertad, es Nelson Mandela. Él sí que fue confinado, apresado. Y no semanas o meses, sino muchos años. Pero supo vivir su libertad mental, su libertad interior. Y le ayudó tener claro SU SENTIDO, su POR QUÉ, su OBJETIVO VITAL. 

También le ayudó un papel en el que tenía escrito el poema Invictus (inquebrantable)

No estás “encerrado”. Si entiendes el POR QUÉ, te será más fácil el CÓMO. Y compártelo. Con tu familia, con tus colaboradores. Con quien escuches que se queja. 

Recuérdale que lo que hace, #quedarseencasa es la mejor aportación como persona que puede hacer al mundo en este momento.

Dar sentido a las cosas, por pequeñas que puedan ser, es lo que nos hace más plenos como personas. 

2.- Estás bien acompañado si sabes relacionarte contigo mismo/a.

Hay demasiadas personas que no han establecido una relación consciente y productiva con la única persona con la que están siempre: consigo mismas.

Si algo se aprende en la soledad de una celda o una habitación, es a autoconocerse. 

No te tengas miedo. No temas qué puedes descubrir dentro de ti. Cuanto más y mejor aprendes a conocerte, más y mejor aprenderás a conocer y comprender al resto de las personas y circunstancias. Porque parte del auto-conocimiento implica perdonarte. Reconocerte débil. Sin caer en el exceso. También debes reconocer tus fortalezas y capacidades, y siéntete orgulloso/a de ellas. 

3.- Trabaja y cuida tu mente

Saber hacer nada para hacer muchas cosas. Meditar, reflexionar, contemplar… son verbos, son acciones. Tan necesarias como correr, escribir, o viajar.

La mente necesita cuidados. Hay que aliementarla, mejor si la nutres con pensamientos saludables. Hay que asearla de pensamientos negativos y elementos tóxicos. Puedes aprender a vestirla experiencias satisfactorias. Algunas serán recuerdos. El poder de evocar felicidad es muy eficaz. También saber convertir en experiencia positiva cualquier momento, por duro que parezca. Y, sobre todo, hay que arroparla con el calor de los afectos. Déjate querer y quiere con generosidad.

Somos nuestros pensamientos. Podemos elegirlos, podemos provocarlos, podemos elaborarlos.

5.- Convivir: una cuestión de orden, que no de “ordenar-mandar”

Es un gran reto cuando se comparten espacios pequeños con otras personas. Aunque sea tu familia. 

En un convento se aprende a respetar los espacios y los microespacios. Te darás cuenta de que en un recinto pequeño todo resuena más. El más mínimo gesto tiene o puede tener una gran repercusión. Por eso es bueno atemperar, atenuar desde el tono de voz hasta la movilidad. 

Compartir se convierte en un reto. Y respetar el estilo de los demás es un desafío. No trates de imponer siempre tu forma de hacer las cosas.

Un consejo muy útil es planificar y acordar entre todos qué se hace, quién lo hace, dónde y con qué lo hace y cuándo se realiza. Poner orden, y seguir el plan. Todos son útiles y pueden aportar. Desde el niño más pequeño a los adultos. Y no siempre se trata de que todos estén a todo y a la vez.

5.- Usa tu tiempo que es tu vida

Si hay una expresión que odio es esa de “voy a matar el tiempo”. Tu tiempo es tu vida. Cambia la palabra “tiempo” por “vida” y verás qué dura sería la frase.

No se trata de ocupar el tiempo-vida. Ni de pasar el tiempo-vida. Se trata de vivir tu tiempo, cada momento, que es único y precioso.

En lugar de añorar o lamentarte por lo que podrías estar haciendo, trata de encontrar cómo disfrutar del momento. Recurre al sentido – tu sentido- para encontrar las respuestas.

6.- Descansar

Descansar es tan necesario como comer para el cuerpo, la mente como comer.

Físicamente, descansar se asocia a dormir. Y es necesario. Las hormonas que tu cuerpo genera durante el sueño son imprescindibles para su equilibrio y buen funcionamiento.

También es necesario dormir para la mente. Cuando el plano consciente no está activo, el plano no consciente se reordena, se fijan datos y estímulos en la memoria. Incluso surgen ideas y soluciones a problemas que unas horas antes, con cansancio, parecían insalvables.

Pero descansar también es cambiar de actividad. Para que sea eficaz, combina actividades que necesiten recursos distintos. Por ejemplo, tras una hora de trabajo en el ordenador, pasea (aunque sea por el pasillo de casa). Ordena armarios un rato, y luego siéntate a leer.

Descansar es una actividad en sí misma. Incorpórala a tu plan diario, y respeta su tiempo. 

7.- Rompe los límites

El sentido de trascendencia no es algo exclusivo de las personas creyentes desde el punto de vista religioso.

La persona necesita proyectarse, trascenderse, sentir que forma parte de un todo mucho más grande que seguirá adelante, incluso, cuando ya no esté aquí.

En momentos de reclusión, sobre todo si es obligada, este sentido de trascendencia es más importante que nunca. La acción responsable individual de quedarse en casa tiene una aportación que va mucho más allá del cuidado de la salud individual. Estás cuidando la salud de toda la Comunidad.

Un día, no muy lejano, podremos salir de casa. Pero habremos aprendido algo muy importante. No hay límites. Sólo yo me pongo límites. Y nos será más fácil adoptar hábitos individuales, esos pequeños gestos que tienen tanta trascendencia: reciclar, no usar plásticos, etc.

8.- Apaga, desconecta del ruido. 

Si dejas que todo te llegue, si atiendes a todos los estímulos e informaciones, no te extrañe que te confundas, te sientas distraído e incluso aturdido.

EL SILENCIO. Es uno de los mejores aprendizajes que tuve en mis años de claustro. Saber hacer silencio para escuchar con criterio es una fortaleza. Es una habilidad que hay que entrenar con disciplina y utilizar con inteligencia.

Saber usar el silencio es imprescindible para saber escuchar.

Crea momentos de silencio para ti y para los tuyos. Prueba a desconectar unos minutos al día y descubre las infinitas conexiones que no estás percibiendo.., por exceso de ruido. 

9.- Soledad.

Hay quien está solo. Y hay quien se siente solo.

No es una cuestión de número de personas alrededor, ni de número de seguidores en RRSS, ni de “me gustas” en un post.

La soledad es una realidad poderosa que puede destruirte o enriquecerte a partes iguales.

Y si es importante saber construir esos espacios de soledad personal, no lo es menos saber respetar la soledad del otro.

Deja que hagan solos. Deja que se equivoquen. Deja que experimenten. Y puedo estar aludiendo ahora a tus hijos, y mañana a tus colaboradores. 

10.-  y compártelo (comunidad)

La  monja contemplativa no está aislada. Vive en Comunidad. Como tú, ahora, vives en familia. 

Siempre añorando tener tiempo para los tuyos y, ahora, qué difícil se hace.

Es el momento del re-encuentro. Porque soledad y comunidad caminan juntas, inseparables. No se oponen la una a la otra, se complementan bien.

…, porque Madiva, que es como sus colegas y seguidores llamaban a Mandela, salió de prisión. Y fue Presidente de Sudáfrica, y supo unir a su pueblo. No fue la reclusión, forzada y larga lo que lo hizo fuerte, sino su decisión de que no le debilitara. 

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